La temperatura del agua también puede influir en la salud de la piel. Si bien las duchas muy calientes pueden resultar relajantes, pueden eliminar la humedad tanto de la piel como del cabello, dejándolos secos. El agua tibia generalmente se considera una mejor opción para mantener la hidratación natural de la piel. El mismo principio se aplica al cuidado del cabello. Lavarse el cabello con demasiada frecuencia puede eliminar los aceites naturales que lo mantienen suave, sano y protegido.
En último término, los expertos dicen que no existe una regla universal sobre la frecuencia con la que alguien debe ducharse.

El tipo de piel, el clima, el nivel de actividad y las preferencias personales son factores importantes. La clave está en encontrar una rutina equilibrada que mantenga el cuerpo limpio sin forzar la piel. Usar productos suaves, mantener el agua a temperatura moderada, aplicar crema hidratante después del baño y ajustar la frecuencia de las duchas cuando sea necesario son medidas comunes para mantener una piel sana.