Había jurado lealtad a mi país. Había dedicado mi vida a servir junto a mi equipo. Pero la lealtad que esperaba de mis parientes de sangre, de la familia en la que nací, ¿dónde estaba ese compromiso?
"Estoy aquí", susurró David tan bajo que solo yo pude oírlo. "Y ahora mismo, esa es la única verdad que importa".
"Sí", dije cuando llegó el momento. Mi voz era clara y firme, cortando el aire húmedo de la iglesia.
Contuve las lágrimas con pura disciplina. No te derrumbas delante de tus subordinados. Mi equipo estaba sentado en la cuarta fila. Yo era su comandante. No podía desmoronarme delante de ellos.
Pero mientras caminábamos de vuelta por el pasillo,