Encontré esto en el baño de mi novia. Llevamos una hora mirándolo y todavía no podemos descifrar qué es.
Aunque nos susurrábamos de un lado a otro, una parte de nosotros sabía que estábamos exagerando, pero la inquietud no desapareció.

Dos adultos, completamente desconcertados por una mancha irreconocible en el suelo. Fue un extraño recordatorio de lo frágil que puede ser nuestra percepción de la normalidad cuando algo desconocido aparece en un lugar que creemos conocer.
Seguíamos dándole vueltas, sin saber si era inofensivo o algo preocupante. Mi novia expresó su inquietud por posibles toxinas o daños ocultos. Intenté tranquilizarla, aunque yo también me sentía igual de inquieto. El verdadero problema era la incertidumbre: nuestra imaginación llenaba cualquier vacío con algo peor.
Cuando finalmente descubrimos de qué se trataba realmente —un moho mucilaginoso inofensivo pero de aspecto extraño que suele aparecer en zonas húmedas— el alivio no llegó de inmediato.
No había peligro, nada grave. Aun así, la experiencia me marcó.
Limpiamos los azulejos a fondo, abrimos las ventanas y, finalmente, nos reímos de lo nerviosos que habíamos estado. Pero algo de aquel momento se quedó grabado en nuestra memoria. Fue un recordatorio de lo fácil que lo desconocido puede minar nuestra confianza.
Ahora, cada vez que entro en ese baño, me sorprendo mirando al suelo sin pensarlo. No porque espere ver algo extraño, sino porque una vez que algo ordinario te sobresalta, nunca vuelve a ser igual.