—¿No te arrepientes? —preguntó Lucía con voz apenas audible.
—Solo lamento no haberte conocido antes… para poder sufrir menos contigo —respondió—.
Eres el mayor tesoro de mi vida.
Lucía lloró. Esa noche no hubo compasión, solo amor puro.
Los días siguientes estuvieron llenos de rutinas, risas y esperanza.
Hugo se levantaba antes del amanecer, cocinaba para ambos y luego la llevaba al centro de rehabilitación.
Por las tardes, aprendía nuevas recetas para ella o construía inventos caseros para facilitarle la vida.
Por su parte, Lucía volvió a pintar.
Sus pinturas, llenas de colores brillantes y mariposas, parecían un grito de renacimiento.
Poco después, abrió un taller en línea para niños al que llamó "Renacido en colores".
Con el tiempo, ocurrió la magia.
Un año después, empezó a sentir hormigueo en los pies.
Dos años después, con la ayuda de bastones, logró dar sus primeros pasos.
“La lotería del corazón”
Cuando Lucía dio tres pasos hacia él, Hugo rompió a llorar como un niño.
Entre lágrimas y risas, ella le dijo:
“¿Ves, cariño? Al final, sí que te tocó la lotería.”
Él la abrazó y respondió:
“Y no cambiaría este premio por nada del mundo, ni siquiera por el mundo entero.”
Desde entonces, cada mañana en Puebla, los vecinos todavía los ven —él empujando la silla de ruedas, ella caminando a su ritmo— y todos saben que a veces, la verdadera suerte no se gana con un boleto, sino con un corazón que no se rinde.
