Un segundo.
Del.
La máscara vaciló.
—Por supuesto que fui.
—Hablé con su recepcionista.
El silencio que siguió fue pesado, denso, cargado de inevitabilidad.
—¿Me estás espiando ahora? —intentó desviar la pregunta.
-¿Quién es ella?
La pregunta cayó como una piedra en un lago en calma.
Daniel se puso rígido.
—No sé de qué estás hablando.
—La mujer que duerme en nuestra cama cuando llevo a nuestro hijo al jardín de infancia.
Su rostro palideció.
Ahí estaba.
La verdad.
No necesitaba más pruebas.
—Ethan me lo dijo —añadí.
Eso fue lo que lo destrozó.
No la acusación.
No son las pruebas.
Pero ese secreto había afectado a su hijo.
—No debería haber dicho nada —murmuró.
Sentí una ira silenciosa recorrer mi cuerpo.
—No deberías haberlo puesto en esa situación.
Daniel se puso de pie de repente.
—No es lo que piensas.
La frase universal del culpable.
—Entonces explícamelo.
Pasaron segundos eternos.
Finalmente, sus hombros se encogieron.
—Su nombre es Clara.
El nombre sonaba extraño en mi cocina.
—Comenzó hace seis meses.
Seis meses.
Seis meses de desayunos compartidos, de abrazos fingidos, de promesas vacías.
“No iba a durar”, añadió, casi como una excusa.
—Pero duró lo suficiente como para que nuestro hijo se viera involucrado.
Eso lo dejó sin palabras.
—Creí que podría con ello —susurró.
—¿Gestionar qué? ¿Una doble vida?
Lo miré con una claridad que nunca antes había tenido.
No se trataba solo de infidelidad.
Fue una traición a la confianza.
Se trataba de usar mi rutina como coartada.
Fue la carga que recayó sobre Ethan.
—¿La amas? —pregunté.
Dudó.
Y esa duda fue más elocuente que cualquier confesión.
-No lo sé.
—Sí sé una cosa —respondí con firmeza—. No puedo vivir así.
Esa noche dormimos en habitaciones separadas.