Tres años después de nuestro divorcio, mi exesposa me llamó con un “regalo

—Fui un cobarde —dijo con la voz entrecortada—. Creí que irme era la forma más fácil de dejar de sufrir, pero solo huía. De ti, de mí mismo, de todo lo que no supe proteger.

Mariana permaneció en silencio, con la mirada puesta en Mateo, que seguía observando a Alejandro con curiosidad.

El niño volvió a extender los brazos hacia él.

—¿Quieres cargarlo? —preguntó ella en voz baja.

Alejandro levantó la mirada, tembloroso.

—¿Puedo?

Mariana asintió.

Cuando Mateo se acomodó en sus brazos, Alejandro entendió que el peso del niño no era solo el de un pequeño cuerpo. Llevaba consigo tres años de ausencia, una familia fracturada, un amor que había sido sepultado antes de que tuviera oportunidad de crecer.

Mateo se apretó contra su pecho como si ese espacio siempre hubiera estado destinado para él.

—Papá —repitió el niño, esta vez con más claridad.