Ella lo miró con una serenidad que no necesitaba elevar el tono.
—Tu falta de respeto no nació sola. Alguien la cultivó.
Entonces Ricardo se acercó.
—Mamá, somos familia. Estás exagerando.
La respuesta de la mujer fue breve, pero contundente.
—La familia no empuja al agua a alguien que no sabe nadar y que tiene miedo.
Se enderezó. Parecía que el agua se había llevado no solo el susto, sino también años de silencios acumulados.
El límite definitivo
—Mañana desocupan mi departamento. Dejo de mantenerlos. No me importa que no tengan dinero. Son adultos. Aprendan a asumir las consecuencias de sus actos.
Nadie volvió a reír.
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas acercándose.