“Abandonó a su esposa y a su bebé en el desierto por 7 días. Cuando regresó por ellas, se topó con el hombre equivocado.”

El instinto de Mateo se activó. Sacó la cantimplora de su silla de montar y, con extremo cuidado, dejó caer unas gotas de agua en la boca de la pequeña, y luego en los labios de la madre. Miró a su alrededor. No había huellas frescas de llantas, ni rastro de que alguien hubiera estado allí recientemente. Por el estado de deshidratación severa y las quemaduras, Mateo supo la aterradora verdad: no llevaban ahí unas horas. Llevaban días.

Subió a ambas al caballo como pudo, sosteniendo a la mujer contra su pecho y atándose a la bebé con un pañuelo. Al llegar a la hacienda, las recostó en la habitación de huéspedes. Preparó agua con un poco de azúcar y sal, y comenzó a hidratarlas poco a poco. Horas más tarde, entrada la noche, la mujer abrió los ojos. Estaba aterrada, temblando en una esquina de la cama.

—Tranquila, están a salvo —dijo Mateo, ofreciéndole un vaso de agua—. Me llamo Mateo. ¿Quién les hizo esto?

La mujer, que dijo llamarse Lucía, rompió a llorar con una angustia que desgarraba el alma.

—Mi esposo, Ramiro… —susurró con la voz rota—. Se volvió loco. Nos dejó ahí para que el sol nos matara. Dijo que volvería en 7 días exactos para recoger nuestros cuerpos y enterrarnos en el desierto para que nadie nos encontrara.

El reloj en la pared de la sala marcó las 10 de la noche. Mateo sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—¿Cuándo se cumplen esos 7 días, Lucía? —preguntó, temiendo la respuesta.

La mujer lo miró con los ojos desorbitados por el terror.

—Hoy… se cumplen hoy.

Mateo miró hacia la ventana oscura. En la lejanía del camino de terracería, unas luces altas de camioneta comenzaron a acercarse a toda velocidad, levantando una nube de polvo bajo la luz de la luna. Era imposible creer lo que estaba a punto de suceder…