Esa tarde, mientras el viento caliente levantaba remolinos de polvo, algo a la orilla del camino llamó la atención de Relámpago. El caballo se detuvo bruscamente y soltó un relincho inquieto. Mateo entrecerró los ojos. Junto a unos postes podridos de una cerca de alambre de púas, había un bulto extraño. Al principio, pensó que se trataba de un costal de fertilizante que se le había caído a algún camión de carga, pero al acercarse, un escalofrío le recorrió la espalda a pesar de los 40 grados de temperatura.
Era una mujer. Estaba tirada en la tierra reseca, boca abajo, con la ropa rasgada y cubierta de una gruesa capa de polvo. Sus pies descalzos estaban llenos de ampollas y sangre seca. Mateo desmontó de un salto y corrió hacia ella. Al darle la vuelta, vio su rostro quemado por el sol implacable, con los labios agrietados y los ojos cerrados. Apenas respiraba.
Pero lo que hizo que el corazón del ranchero se detuviera por completo estaba a unos centímetros de distancia. Oculta bajo la escasa sombra de un mezquite, había una canasta de mimbre rota, cubierta con un rebozo desgarrado. Mateo apartó la tela con las manos temblorosas. Dentro había una bebé. Era tan pequeña que apenas parecía tener meses de nacida. No lloraba; estaba tan deshidratada que solo emitía un quejido agónico, un hilo de voz que se apagaba con cada segundo que pasaba.