Hace unas semanas, estaba cortando el césped con mi vieja y destartalada cortadora. Mi golden retriever, Mochi, descansaba plácidamente bajo el roble. Fue entonces cuando sentí un cosquilleo extraño en el tobillo. Al principio, pensé que era un mosquito. Pero al mirar hacia abajo, vi algo mucho peor: un pequeño punto negro pegado a mi piel.
No se movía y, desde luego, no iba a salir volando. La retiré con cuidado. Allí estaba: una garrapata estrella solitaria, inconfundible por su mancha blanca.
Por qué las garrapatas no son ninguna broma.
Normalmente tolero las molestias que me depara la naturaleza. ¿Picaduras de mosquitos? Sin problema. ¿Picaduras de abejas? Dolorosas, pero soportables. ¿Pero las garrapatas? Me provocan un pánico total.