Los trazos no coinciden. Voy a denunciarte, Gonzalo. Voy a hacer que Ramiro recupere lo que le robaste. Gonzalo caminó hacia ella con calma calculada. ¿Y crees que alguien te va a creer? Mi socio Aurelio es fiscal. Mis contactos llegan hasta el gobernador. Tu palabra contra la mía no vale nada. Tengo pruebas. Las pruebas pueden desaparecer, las personas también. Sara sintió el peso de la amenaza, pero no retrocedió. Tienes una semana para devolver lo que robaste. Si no lo haces, voy a la policía.
Voy a los periódicos. Voy a donde sea necesario. Gonzalo sonrió. Esa sonrisa fría que Sara había aprendido a temer. Una semana entendido. Afuera de la oficina alguien había escuchado toda la conversación. Martín Reyes, el jardinero, había venido a entregar unos documentos y se había quedado paralizado detrás de la puerta. Lo que acababa de escuchar podía costarle la vida y no se equivocaba. El pueblo donde vivía la madre de Martín se llamaba San Jerónimo. Era un lugar olvidado por el tiempo, con calles de tierra y casas de adobe que parecían sostenerse por milagro.