Reunió todas las piezas en su mesa. El dibujo de Salomé, la medalla de Martín, el testamento falso, la grabación de Beatriz, las conexiones entre Gonzalo y Aurelio. Todo apuntaba en una dirección. Ramiro era inocente. Gonzalo había atacado a Sara para silenciarla. Aurelio había manipulado el caso para proteger a su socio, pero faltaba algo, el testimonio directo de alguien que hubiera visto lo que pasó esa noche. Salomé no podía hablar. Martín se escondía. Sin un testigo presencial, todo lo demás era circunstancial.
El reloj marcaba las 3 de la mañana, quedaban menos de 30 horas para la ejecución. Entonces sonó el teléfono de Dolores, un número desconocido. Señora Medina. La voz era masculina, temblorosa. ¿Quién habla? Me llamo Martín. Martín Reyes. Sé que me ha estado buscando y sé que el tiempo se acaba. Dolores sintió que el corazón se le detenía. ¿Dónde está? ¿Por qué se esconde? Porque si me encuentran me eliminan. como intentaron hacerlo hace 5 años. Pero ya no puedo callar más.