Es verdad lo que me dices asintió. Ramiro se puso de pie tan violentamente que la silla cayó al suelo. Los guardias corrieron hacia él, pero no intentaba escapar. Gritaba, gritaba con una fuerza que no había mostrado en 5 años. Soy inocente. Siempre fui inocente. Ahora puedo probarlo. Los guardias intentaron separar a la niña de su padre, pero ella se aferró a él con una fuerza impropia de su edad. “Ya es hora de que sepan la verdad”, dijo Salomé con voz clara y firme.
“Ya es hora.” El coronel Méndez observaba todo desde la ventana de observación. Su instinto, ese que lo había mantenido vivo 30 años, le gritaba que algo extraordinario estaba pasando. Tomó el teléfono y marcó un número que no había usado en años. “Necesito que detengan todo”, dijo. “Tenemos un problema.” La grabación de seguridad mostraba todo con claridad brutal. El sintochn abrazo, el susurro, la transformación de Ramiro, los gritos de inocencia. La niña repitiendo aquella frase. El coronel Méndez reprodujo el video cinco veces seguidas en su oficina.