Al ver a su hija, sus ojos se llenaron de lágrimas. Mi niña, susurró, mi pequeña Salomé, lo que sucedió después cambiaría todo. Salomé se soltó de la mano de la trabajadora social y caminó despacio hacia su padre. No corrió, no gritó. Cada paso era medido, como si hubiera ensayado este momento mil veces en su mente. Ramiro extendió sus manos esposadas hacia ella. La niña se acercó y lo abrazó. Durante un minuto entero, ninguno de los dos dijo nada.
Los guardias observaban desde las esquinas. La trabajadora social revisaba su teléfono sin prestar atención. Entonces Salomé se acercó al oído de su padre y susurró algo. Nadie más escuchó las palabras, pero todos vieron lo que provocaron. Ramiro palideció. Su cuerpo entero comenzó a temblar. Las lágrimas que antes caían en silencio se convirtieron en soyosos que sacudían su pecho. Miró a su hija con una mezcla de horror y esperanza que los guardias jamás olvidarían. Es verdad, preguntó con voz quebrada.