Al suelo, todos al suelo. Gonzalo soltó a Carmela intentando recuperar su compostura de hombre respetable. Oficial, esto es un malentendido. Solo venía a buscar a mi sobrina. Tenemos una grabación de su visita anterior, dijo el oficial. Amenazas, intento de sustracción de menor allanamiento. Tiene derecho a guardar silencio. Mientras esposaban a Gonzalo, Carmela sonríó. La grabación de seguridad había captado todo. Ambas visitas, las amenazas, la violencia. Gonzalo Fuentes acababa de destruir su propia libertad. La noticia del arresto de Gonzalo llegó a oídos del juez Aurelio Sánchez en menos de una hora.
Su red de informantes era eficiente. “Es un idiota”, murmuró mientras marcaba un número en su teléfono privado. “Le dije que fuera discreto. Le dije que tuviera paciencia.” La voz al otro lado respondió con calma. “¿Qué hacemos ahora? Gonzalo va a hablar. En cuanto lo presionen, va a negociar. Es un cobarde. Siempre lo fue. Puede incriminarte. Sabe demasiado. Tenemos que activar el plan B. Aurelio caminó hacia su caja fuerte y la abrió. Dentro había decenas de dispositivos de almacenamiento, videos, grabaciones, documentos que había recopilado durante décadas, su seguro de vida, pruebas de corrupción de políticos, empresarios, jueces.