“Mi hijo está adentro”, susurró. “Pero no es el único. Hay alguien más que quiere verla”. Dolores entró. En la pequeña sala, sentado en una silla vieja estaba Martín Reyes. Era un hombre de unos 40 años, delgado, con barba descuidada y ojos que habían visto demasiado. “Señora Medina”, dijo levantándose. “Gracias por venir. Tiene mucho que explicar Martín, empezando por cómo es posible que Sara Fuentes esté viva.” Martín miró hacia la puerta del cuarto trasero. No tengo que explicarlo.
Ella puede hacerlo mejor que yo. La puerta se abrió. Una mujer apareció en el umbral. Estaba delgada, demacrada, con el cabello corto y mechones blancos que antes no tenía. Pero sus ojos eran inconfundibles, los mismos ojos que Dolores había visto en las fotografías del expediente. Sara Fuentes estaba viva. “Señora Medina”, dijo Sara con voz ronca. “Llevo 5 años esperando este momento. 5 años escondida, viendo a mi esposo pudrirse en prisión por algo que no hizo. 5 años separada de mi hija para protegerla.