Cuando los médicos le informaron que a su esposa le quedaban solo unos días de vida, se inclinó sobre la cama del hospital y, disimulando su satisfacción con una sonrisa fría, murmuró:

Alejandro estuvo desaparecido durante casi veinticuatro horas.

Para la mayoría, eso no habría significado nada. Pero Lucía lo conocía bien: él nunca se ausentaba de algo que consideraba suyo. Si desaparecía, era porque estaba tramando algo entre bastidores.

Carmen Ruiz fue la primera en notar el cambio. Tras un ajuste discreto en el plan de tratamiento de Lucía, los resultados de laboratorio comenzaron a mejorar. Los valores hepáticos, que habían estado aumentando peligrosamente, ahora se estabilizaban. No fue un cambio drástico, pero contradecía directamente la advertencia anterior de que le quedaban “no más de tres días”.

—Esto no tiene sentido —murmuró el médico de guardia, mientras observaba el monitor—. Si el daño fuera irreversible, no veríamos este tipo de reacción.

Carmen y Lucía intercambiaron una mirada. El patrón se estaba volviendo evidente.

Alejandro regresó al día siguiente, impecablemente vestido, con su habitual colonia refinada y la expresión de preocupación cuidadosamente ensayada que tan bien mostraba en público.

—¿Cómo está? —preguntó en el puesto de enfermeras.

—Estable —respondió Carmen con serenidad.

Un ligero tensado en su mandíbula lo delató, aunque lo disimuló rápidamente. Lucía lo notó cuando él entró en su habitación.

—Cariño… —dijo con dulzura, acercándose a su cama—. Te ves pálida.

Lucía mantenía la respiración superficial, con los ojos apenas abiertos.

—Estoy cansada —murmuró.

Se inclinó más cerca.

“He hablado con el abogado. Solo por precaución. Por si las cosas… empeoran.”

Lucía abrió más los ojos y lo observó.

“Siempre pensando en el futuro”, dijo con calma.

Por un breve instante, perdió la compostura.

“Solo estoy protegiendo lo que es nuestro.”

—¿Nuestro? —repitió en voz baja.

En ese momento, Carmen entró con una bandeja, rompiendo la tensión. Alejandro se hizo a un lado, pero su mirada se desvió hacia la bomba de suero. Carmen lo notó de inmediato.

“Por favor, no toque el equipo.”

—Relájate —respondió con rigidez.

Esa misma tarde, Alejandro fue citado a la oficina del director médico.

—Señor Martínez —comenzó el médico con tono neutral—, hemos detectado irregularidades en ciertas recetas de medicamentos.

“¿Irregularidades?”

“Medicamentos que normalmente no están indicados para este diagnóstico; autorizados con su firma.”

Alejandro frunció el ceño. "Confié en la experiencia del personal".

“Curiosamente, desde que se suspendieron esos medicamentos, el estado del paciente ha mejorado.”

El silencio que siguió fue denso.

—¿Estás sugiriendo algo? —preguntó con frialdad.

“Estamos revisando los hechos.”

Cuando se marchó, su confianza parecía haberse visto afectada.