Roberto nació en 1972 en Guadalajara, Jalisco, pero se mudó a la capital a los 22 años en busca de mejores oportunidades. Era de estatura promedio, complexión delgada, con un rostro que se mimetizaba con la multitud del metro, sin nada particularmente llamativo. Trabajaba como contador en una mediana empresa distribuidora de materiales de construcción en la zona industrial de Vallejo.
Era un trabajo estable que le permitía mantener a su familia sin lujos, pero con dignidad. Conoció a Patricia Ruiz en 1993 en la fiesta de cumpleaños de un amigo en común. Ella trabajaba como recepcionista en una clínica dental y tenía una risa contagiosa que iluminaba cualquier habitación. Se casaron en 1994 en una sencilla ceremonia en la parroquia del barrio, a la que asistieron familiares cercanos y algunos amigos.
No tenían mucho dinero, pero tenían planes: soñaban con un futuro mejor. Su primer hijo, Daniel, nació en 1996, y el segundo, Alejandro, en 1999. Para el año 2000, habían logrado comprar una casa modesta en Lindavista, un barrio obrero de la colonia Gustavo A. Madero, al norte de la ciudad.
Roberto era lo que la gente llamaría un buen hombre. No bebía en exceso, no jugaba a las apuestas y volvía a casa todas las noches. Los fines de semana, llevaba a los niños al parque, ayudaba a Patricia con la compra y veía fútbol con los vecinos. Era el tipo de padre que asistía a las reuniones escolares, que ahorraba con esmero un poco de dinero cada mes para las vacaciones familiares anuales a Acapulco y que soñaba con algún día poder pagar la educación universitaria de sus hijos.
Sus compañeros de trabajo lo describían como serio pero amable, meticuloso con los números, siempre puntual y nunca causaba problemas. La vida en Lindavista durante aquellos años era la típica de los barrios obreros de la Ciudad de México. Las calles siempre estaban llenas de vendedores ambulantes, y el sonido de los camiones de basura se mezclaba con el de las campanas de los carros de camote por las tardes.
La familia Campos vivía en una casa de dos pisos con fachada de ladrillo rojo y un pequeño jardín al frente que Patricia cuidaba con esmero, plantando geranios y buganvillas que le daban color a la calle. Los vecinos se conocían, pedían prestado azúcar cuando lo necesitaban, cuidaban a sus hijos y charlaban en las esquinas los domingos después de misa.
Pero bajo esta apariencia de normalidad, Roberto Campos albergaba un secreto que lo carcomía, un secreto que ni Patricia, ni sus hijos, ni nadie cercano a él sospechaba. Y ese secreto estaba a punto de estallar de la forma más devastadora posible.
El martes 22 de agosto de 2006 parecía un día cualquiera. La Ciudad de México amaneció bajo su característico cielo gris de finales de verano, cuando la lluvia vespertina es casi predecible. Roberto se levantó a las 6:00 a. m., como siempre. Patricia lo oyó moverse en el baño, el sonido de la ducha, sus pasos en el pasillo. Desayunaron juntos como siempre —café y pan dulce— mientras los niños aún dormían.
Daniel tenía 10 años y Alejandro 7. El colegio había empezado hacía apenas dos semanas. Patricia recordaría más tarde cada detalle de aquella mañana con dolorosa claridad. Roberto parecía distraído, más callado de lo habitual, pero ella lo atribuyó al estrés laboral. La empresa estaba en una auditoría externa y Roberto había mencionado que estaba sobrecargado de trabajo.
Llevaba una camisa blanca de manga larga, pantalones de vestir grises y zapatos negros recién lustrados. Su maletín marrón de piel sintética, el mismo que había usado durante años, lo esperaba junto a la puerta.
"¿Estás bien?", preguntó Patricia mientras le servía más café.