Roberto levantó la vista y le sonrió de esa manera que siempre la hacía sentir segura.
"Sí, mi amor. Solo estoy cansado. Nada que un buen café no pueda arreglar".
La besó en la frente, un gesto rutinario que había recibido miles de veces, pero que luego adquiriría un significado desgarrador. Subió a despertar a los niños, los ayudó a vestirse y les preparó el almuerzo para la escuela.
Daniel tenía un examen de matemáticas y estaba nervioso. Roberto se sentó con él unos minutos, repasando problemas de fracciones con la calma y paciencia que caracterizaban su paternidad.
A las 7:30 a. m., Roberto recogió su maletín, se despidió de los niños mientras terminaban su cereal y salió de la casa. Patricia lo vio caminar por la calle hacia la avenida Montevideo, donde tomaría el microbús hacia el metro. El cielo amenazaba lluvia.
Ésa fue la última imagen que tuvo de él: su espalda ligeramente encorvada bajo el peso del maletín, caminando entre otros trabajadores que se dirigían a sus trabajos, desapareciendo en la corriente humana de una ciudad que nunca duerme.
Roberto nunca llegó al trabajo ese día.
A las 10:00 a. m., su jefe llamó a casa preguntando por él. Era completamente inusual: Roberto era obsesivamente puntual. Patricia sintió la primera punzada de preocupación. Llamó al celular de Roberto, pero estaba apagado. Qué extraño. Roberto siempre tenía el teléfono encendido por si su familia lo necesitaba.
Esperó, pensando que tal vez había habido un problema de transporte, que los microbuses eran impredecibles, que el metro a veces paraba entre estaciones.
Pero cuando llegó el mediodía y Roberto aún no daba señales de vida, la preocupación se convirtió en alarma.
Patricia volvió a llamar a la compañía. No, no había llegado. No había llamado. Llamó a los pocos familiares que tenían en la ciudad. Nadie sabía nada.
A las 2:00 p. m., dejó a los niños con una vecina y salió a buscarlo, recorriendo el mismo camino que Roberto hacía todos los días. Preguntó en las tiendas de barrio y habló con los vendedores ambulantes que siempre estaban en los mismos lugares. Nadie recordaba haberlo visto esa mañana.
Fue como si Roberto Campos se hubiera disuelto en el aire.
Esa misma tarde, Patricia presentó una denuncia por desaparición en la Fiscalía de Gustavo A. Madero. El agente que la tomó —un hombre de mediana edad con aspecto cansado— la manejó con una mezcla de rutina y escepticismo que a Patricia le inquietó.
“Señora, muchos hombres se van por unos días y vuelven cuando se calman o se quedan sin dinero”.
Patricia insistió en que Roberto no era así, que algo terrible debía haber sucedido. El agente suspiró, llenó los formularios y le dio un número de caso. Le dijeron que esperara 72 horas antes de que se considerara una desaparición oficial que requiriera una investigación activa.
Esas 72 horas fueron una eternidad.