Desesperado ante una cena crucial, el dueño de un hotel le pidió a una de sus criadas que se hiciera pasar por su esposa y guardara silencio. Pero la joven, "común y corriente", hizo algo que dejó atónitos a todos en la mesa.

En un momento de desesperación, el dueño de un hotel necesitaba una mujer que se hiciera pasar por su esposa para una cena crucial con inversores.

Sin tiempo que perder, eligió a una de sus doncellas y le ordenó que se sentara en silencio, sonriera y no dijera nada. Lo que sucedió esa noche dejó atónitos a todos en la mesa.

El hotel estaba en apuros. La temporada había sido desastrosa, las habitaciones estaban vacías y los acreedores rondaban por todas partes. Mientras estaba sentado en su oficina revisando sombríos informes financieros, sonó el teléfono. El número internacional le revolvió el estómago.

Fueron los mismos inversores árabes quienes financiaron la renovación del hotel.

Los saludó con fluidez en árabe. La conversación fue breve y directa.

Cenamos esta noche. Los esperamos a usted y a su esposa.

Antes de que pudiera aclarar que no estaba casado, la llamada terminó.

La supervivencia del hotel dependía de esta alianza. Si los inversores se retiraban, todo se derrumbaría. No le quedó más remedio que asistir.

Pero necesitaba una esposa... ¡inmediatamente!

Contratar a una actriz parecía arriesgado. Pedirle ayuda a una amiga sería humillante. El tiempo se agotaba.

En ese momento alguien llamó a su puerta.

“Señor, ¿puedo limpiar la oficina?”

Verónica, una de las criadas, entró. La veía a diario, pero nunca se había fijado en ella. Se comportaba con serena dignidad, serena y observadora.

De repente, se formó una idea.

Explicó la situación rápidamente. «Solo es una cena. Siéntate a mi lado, sonríe y asiente. No hables a menos que sea necesario. Te pagaré bien».

Verónica escuchó atentamente.

—Está bien —dijo con calma—. Lo haré.

Esa noche, se sentaron frente a tres inversionistas vestidos con atuendos tradicionales. La conversación comenzó con cortesía, pero pronto se tornó seria.

Hablando en árabe, suponiendo que Verónica no lo entendiera, un inversor dijo: «Su hotel está perdiendo dinero. Invertimos mucho y no vemos ninguna rentabilidad. Queremos recuperar nuestros fondos».

El propietario sintió que el pánico se apoderaba de él. Sus explicaciones sobre las crisis estacionales y los planes futuros sonaban débiles incluso para él mismo.