EL DÍA QUE ENTERRÉ A MI HIJA, MI ESPOSO APENAS MIRÓ SU ATAÚD

EL DÍA QUE ENTERRÉ A MI HIJA, MI ESPOSO APENAS MIRÓ SU ATAÚD

EL DÍA QUE ENTERRÉ A MI HIJA, MI ESPOSO APENAS MIRÓ SU ATAÚD… PERO ESA NOCHE ENCONTRÉ EN SU MOCHILA ALGO QUE DEMOSTRABA QUE ÉL HABÍA TOMADO UNA DECISIÓN HORAS ANTES DE QUE ELLA MURIERA!
Me llamo Yesenia, tengo treinta y ocho años y vivo en Puebla. Durante diez años creí conocer a Mariano, mi esposo. Pero el día que enterramos a nuestra hija Lucero, de siete años, hubo algo que no pude sacar de mi cabeza.
Mariano no lloró.
Mientras yo apenas podía mantenerme de pie frente a la tumba, él permaneció lejos, mirando constantemente su teléfono. Cuando regresamos a casa, dijo que necesitaba salir a resolver “un pendiente”.
Ni siquiera entró al cuarto de nuestra hija.
Eso me hizo recordar la última noche de Lucero.
Había comenzado con fiebre y dificultad para respirar. En urgencias, una doctora me explicó que necesitaban administrarle un tratamiento cuanto antes, pero una de las dosis que requerían no estaba disponible en ese momento.
—¿Puede conseguirla en la farmacia que aparece aquí? —me preguntó mientras me entregaba la indicación.
Llamé a Mariano.
—Necesito que recojas esto y vengas al hospital.
—Mándame la receta.
Se la envié.
Pasaron cuarenta minutos.
Después una hora.
—Mamá —susurró Lucero desde la cama—, ¿papá ya viene?
—Está en camino, mi amor.
Mentí.
A las 9:20, mi hija murió apretándome dos dedos.
Mariano apareció mucho después.
Dijo que había tenido una emergencia en el camino.
Yo estaba demasiado destruida para preguntarle cuál.
Hasta la noche del funeral.
Entré al cuarto de Lucero porque quería abrazar algo que todavía oliera a ella. Abrí su mochila buscando el pequeño suéter que llevaba siempre y encontré una bolsita transparente que no reconocí.
Dentro había un recibo de farmacia.
Tenía la fecha del día en que murió Lucero.
Y la hora: 6:47 de la tarde.
Sentí un vacío en el estómago.
Mariano sí había recogido el medicamento.
Seguí buscando.
Debajo encontré una segunda cosa: una pulsera de acceso de una clínica veterinaria.
El nombre escrito era **Lucero Vargas**.
No entendía nada.
Tomé mi teléfono y llamé al número de la clínica que aparecía impreso.
—Necesito confirmar si mi esposo estuvo ahí hace tres días.
La recepcionista dudó.
Le di su nombre.
Hubo unos segundos de silencio.
—Sí, señora. Llegó acompañando a una mujer.
Me senté en el piso.
—¿Qué mujer?
—La señora Lucero Vargas. Traía un perro en estado delicado.
Miré otra vez el recibo.
Entonces vi algo que antes no había notado.
En la parte inferior aparecía una anotación hecha a mano.
Una cantidad.
Y junto a ella, las iniciales de Mariano.
Cuando él regresó, coloqué ambos comprobantes sobre la mesa.
Su rostro cambió.
—¿Por qué tienes eso?
—Porque estaba entre las cosas de nuestra hija.
No respondió.
—Tú recogiste el medicamento, Mariano.
Se quedó inmóvil.
—Yesenia…
—Te pregunté esa noche dónde estabas y dijiste que no habías podido conseguirlo.
—Déjame explicarte.
—¿Dónde estuvo esa dosis?
Mariano bajó los ojos.
Y su silencio me dio más miedo que cualquier respuesta.
Entonces sonó mi teléfono.
Era la clínica.
—Señora Yesenia, revisamos el expediente que preguntó.
Apreté el celular.
—¿Y?
—Hay algo que debería saber sobre lo que su esposo entregó aquella tarde.
Levanté la mirada hacia Mariano.
Él dio un paso hacia mí.
—Yesenia, cuelga.
Fue entonces cuando comprendí que todavía no conocía la peor parte.
¿Qué pasó después… ? Parte 2:…..