“El padre casó a su hija, que era ciega desde nacimiento, con un mendigo — y lo que ocurrió después sorprendió a mucha gente.” Zainab nunca había visto el mundo, pero podía sentir su crueldad con cada respiración que tomaba.

El turno comenzó una noche en que el viento azotaba las contraventanas con una violencia inusual y frenética. Zainab estaba sentada junto a la chimenea, con sus sensibles oídos captando un sonido que no pertenecía a la tormenta: el traqueteo rítmico de las ruedas herradas y la respiración pesada y trabajosa de los caballos sometidos a una fuerza excesiva.

—Alguien viene —dijo, su voz cortando el crepitar del fuego. Se puso de pie, y su mano, instintivamente, encontró la empuñadura del pequeño cuchillo de plata que guardaba para cortar hierbas, y para las sombras que aún sentía acechando en los confines de sus vidas.

Un golpe atronador sacudió la pesada puerta de roble.

Yusha se dirigió a la entrada, con el rostro endurecido, adoptando la máscara del médico que una vez fue. La abrió y encontró a un hombre empapado por la lluvia helada, con la librea embarrada de un mensajero real. Tras él, un carruaje negro temblaba, con sus faroles parpadeando como estrellas moribundas.

—Busco al hombre que reconstruye lo que otros desechan —jadeó el mensajero, con la mirada fija en el interior de la cálida cabaña—. Dicen en la ciudad que aquí vive un fantasma. Un fantasma con las manos de un dios.

A Yusha se le heló la sangre. «Buscas a un mendigo. Yo soy un hombre sencillo».