Uno de los evaluadores hizo una pregunta que lo dejó callado. —¿El reglamento le prohibía programar una evaluación extraordinaria por fallecimiento de un familiar directo? Salcedo respondió que no. —Entonces no estamos evaluando si usted obedeció una regla obligatoria. Estamos evaluando cómo utilizó una facultad que sí tenía.
Por primera vez comprendimos que el problema no era solamente que el profesor fuera “duro”. Un maestro podía exigir asistencia, fechas y evidencias. Lo que debía poder explicar era por qué aplicaba cierta decisión y si la aplicaba de manera consistente.
Después revisaron nuestros veintiocho exámenes en blanco. Salcedo quería calificarlos con cero. La directora dijo que técnicamente podía hacerlo porque nosotros habíamos decidido no responder. Nuestro representante aceptó. —Sabíamos lo que podía pasar.
Eso cambió el ambiente. Nadie estaba pidiendo que borraran las consecuencias de nuestra protesta. La universidad terminó anulando aquella aplicación porque la evaluación había quedado interrumpida por la revisión administrativa y fijó una nueva fecha para todo el grupo. Jimena tendría la suya aparte.
Creí que ahí terminaba el asunto.
Hasta que el evaluador preguntó a Jimena si Salcedo había ofrecido anteriormente “alternativas” a otros estudiantes. Ella negó saberlo, pero una compañera que nos acompañaba levantó lentamente la mano.
—A mí sí.
Contó que meses atrás faltó a una exposición porque su padre había sido hospitalizado. Salcedo le permitió recuperar puntos mediante un trabajo adicional.
—¿Presentaste comprobante? preguntó la directora.
—No. Me dijo que confiaba en mí.
Nadie habló.
Jimena sí había ofrecido comprobar la muerte de su madre y él ni siquiera quiso verlo.
Entonces la directora sacó una tabla de la carpeta. Había otros casos similares: permisos concedidos a unos estudiantes y negados a otros sin que apareciera un criterio claro.
Pero todavía faltaba algo.
Uno de los evaluadores señaló varias calificaciones y preguntó:
—Jimena, ¿tú participaste en la encuesta docente que se hizo a mitad del semestre?
Ella asintió.
—¿Escribiste algún comentario sobre el profesor?
Jimena se quedó pensando.
—Sí. Dije que cambiaba las reglas dependiendo de quién preguntara.
El evaluador intercambió una mirada con la directora.
—Esa encuesta debía ser anónima.
—¿Debía? pregunté.
Cerró la carpeta.
—Sí.
Después explicó que estaban investigando precisamente la posibilidad de que algunos comentarios estudiantiles hubieran podido ser identificados indebidamente.
Jimena palideció.
—¿Está diciendo que el profesor sabía lo que escribí?
—Todavía no estoy diciendo eso.
Pero Salcedo, sentado frente a nosotros, cometió un error.
Miró a Jimena y dijo:
—Tú llevas meses diciendo que yo tengo favoritos.
La directora levantó inmediatamente la cabeza.
Jimena jamás había dicho eso en clase.
Era casi exactamente la frase que había escrito en aquella evaluación supuestamente anónima.
Parte 3:
Salcedo intentó corregirse. Dijo que había escuchado comentarios parecidos en los pasillos y que cualquiera podía saber que Jimena estaba inconforme. Nadie lo acusó en ese momento de haber leído una encuesta anónima. Los evaluadores simplemente anotaron su respuesta y terminaron la reunión.
Durante las semanas siguientes descubrimos que la historia era menos espectacular de lo que empezamos a imaginar, pero también más seria. Salcedo no había hackeado ningún sistema ni recibido una lista secreta con nombres y opiniones. El problema estaba en cómo se había aplicado aquella encuesta.
Para identificar grupos y evitar respuestas duplicadas se habían generado formatos con códigos. Los estudiantes no sabíamos qué significaban. Los profesores debían recibir únicamente resultados agrupados, pero una persona del área académica había compartido con varios docentes archivos de trabajo que conservaban información suficiente para relacionar algunos códigos con grupos, horarios y registros de entrega.
No siempre permitía identificar a una persona. En grupos pequeños y ante comentarios que describían situaciones concretas, sin embargo, era posible deducir quién había escrito ciertas críticas.
Salcedo admitió que había reconocido el comentario de Jimena porque mencionaba la discusión sobre aquella entrega electrónica. Negó haberla castigado deliberadamente. Según él, su decisión sobre el examen del funeral respondía a una política personal: no mover evaluaciones finales salvo que existiera una instrucción institucional.
El problema era que sus propios registros contradecían esa explicación.
Había permitido recuperaciones por enfermedades, problemas familiares e incluso compromisos laborales. En algunos casos había solicitado documentos. En otros no. No apareció una lista sencilla de alumnos “favoritos”, pero sí una forma de decidir demasiado dependiente de su juicio personal y poco documentada.
La universidad no lo despidió al día siguiente, como algunos compañeros esperaban.
Primero concluyó la revisión. Salcedo recibió una sanción administrativa, dejó de coordinar ciertas evaluaciones durante el siguiente periodo y tuvo que trabajar con criterios escritos para reposiciones y justificantes. El área responsable de las encuestas también cambió el procedimiento para que los docentes no recibieran archivos que permitieran reconstruir identidades.
A nosotros también nos dijeron algo que al principio no nos gustó escuchar.
Entregar veintiocho exámenes en blanco había sido una protesta poderosa, pero podía habernos costado la materia. La directora reconoció nuestra solidaridad y al mismo tiempo nos recordó que existían mecanismos formales que debíamos aprender a utilizar.
—Entonces ¿hicimos mal? preguntó uno.
—Hicieron algo arriesgado —respondió—. No es exactamente lo mismo.
Jimena presentó su examen extraordinario.
Lo calificó otro profesor.
Aprobó.
Pero lo que más recuerdo ocurrió después. Cuando volvió a clases regularmente, algunos compañeros comenzaron a tratarla como si tuviera que agradecerles para siempre lo que habíamos hecho. Una tarde nos detuvo.
—Yo agradezco que me defendieran. Pero no quiero convertirme en “la muchacha por la que todos entregaron en blanco”.
Tenía razón.