En mi séptimo mes de embarazo abrí el tanque del baño después de ver a mi marido esconder algo allí. Dentro había un celular perdido, una receta de sedantes y una carta para entregar mi casa a su familia. Cuando él volvió y preguntó por qué estaba tan callada, respondí: “Solo estoy cansada”… sin saber que ya había enviado las pruebas.

PARTE 2
El lunes acudí al Registro Público y solicité una alerta preventiva: nadie podría vender, hipotecar ni modificar la propiedad sin mi presencia. Cuando se lo conté durante la cena, Román se atragantó con el agua.
—¿Para qué hiciste eso? —preguntó, intentando sonreír.
—Una vecina me habló de fraudes con casas heredadas. Más vale prevenir.
Durante varios minutos trató de convencerme de firmar un poder notarial “por comodidad”. En su tercera explicación, la voz le tembló.
Esa noche revisé de nuevo la bolsa del tanque. Había algo nuevo: un blíster de pastillas sin caja y una anotación con fechas. Al día siguiente, Román insistió en cocinarme una crema de champiñones. Me observó fijamente mientras acercaba la cuchara a la boca.
Fingí falta de apetito. Guardé una muestra en un frasco y se la entregué al licenciado Máximo.
El resultado llegó cuarenta y ocho horas después: contenía un sedante fuerte, contraindicado durante el embarazo y capaz de provocar confusión, pérdida de memoria y somnolencia. Exactamente los síntomas descritos en el dictamen falso.
A partir de entonces comenzaron los “olvidos”. El quemador amanecía abierto. La puerta del patio aparecía sin seguro. Mis citas desaparecían del calendario. Delante de mi suegra, Sofía, Román suspiraba:
—Mamá, los médicos ya saben que Ana está teniendo episodios.
Yo fingía asustarme. Por dentro, anotaba cada hora.
Durazno volvió a ayudarme. Saltó sobre unos planos y rompió la primera hoja. Al recogerla, encontré la dirección del departamento de Alicia. Después revisé el teléfono escondido y descubrí fotografías de una recámara infantil, mensajes sobre un anillo de compromiso y una reservación para una sesión de recién nacido. En el formulario aparecían tres espacios: abuela, padre y madre.
En “madre” habían escrito: Alicia Lozano.
También leí un mensaje de Sofía: “En cuanto la internen, la casa queda para Román, el dinero lo manejo yo y tú te ocupas de la niña”.
No querían solamente mi herencia. Querían a mi hija.
El jueves, Sofía llegó con Alicia, presentada como “experta en remodelaciones”. Sin quitarse el abrigo, la amante midió paredes, señaló la estufa que había construido mi padre y dijo:
—Esto se demuele. La casa necesita verse más moderna.
Encendí la grabadora escondida en un teléfono viejo.
—¿Y tu departamento nuevo? —pregunté con tranquilidad.
Alicia palideció.
—No sé de qué hablas.
—Del que compraste con Román. Por cierto, ya bloqueé cualquier operación sobre esta propiedad.
La visita terminó en siete minutos. Salieron tan rápido que olvidaron la cinta métrica.
El sábado recibí por error un estado de cuenta del desarrollador: costo total, seis millones ochocientos mil pesos; enganche, dos millones cuatrocientos mil. Hasta el último peso que mi padre había ahorrado.
Román no sabía que yo ya tenía copia.
Esa noche puso frente a mí unos documentos para el hospital donde daría a luz. Entre las hojas había una autorización para entregar mi información médica a una “persona de confianza”. Derramé jugo de tomate sobre el papel antes de firmar. Por un segundo, su rostro amable desapareció y levantó la mano como si fuera a golpearme.
Se detuvo.
—Pediré otros formatos —murmuró.
Dos días después anunció que, durante el aniversario luctuoso de mi padre, hablaría con toda la familia sobre mi “estado mental” y mi ingreso a una clínica.
Yo acepté.
Porque aquella reunión no sería mi caída.
Sería la de ellos.