Nuestro cerebro intenta interpretar rápidamente la información que recibe. Para hacerlo, utiliza experiencias anteriores, recuerdos y expectativas.
Este mecanismo nos ayuda a desenvolvernos en la vida cotidiana, pero también puede llevarnos a cometer errores.
Cuando una situación contradice fuertemente lo que creíamos, podemos experimentar sorpresa, confusión o incluso incredulidad. Necesitamos tiempo para reorganizar nuestras ideas y decidir qué significa lo que acabamos de descubrir.
Por ejemplo, si durante años hemos creído que conocemos perfectamente a una persona, descubrir una faceta desconocida puede resultar desconcertante. Eso no significa necesariamente que todo lo anterior fuera falso. Simplemente puede indicar que nuestra imagen de esa persona estaba incompleta.
También ocurre con los acontecimientos positivos. Cuando alguien nos ayuda en un momento difícil sin esperar nada a cambio, podemos sentirnos profundamente sorprendidos porque no esperábamos recibir ese apoyo.
La sorpresa, por tanto, no siempre anuncia algo malo. A veces, también nos permite descubrir aspectos valiosos de la vida que no habíamos considerado.
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