Si vienes desde Facebook, bienvenido. Lo que leíste fue solo el comienzo de una noche que Diego jamás pudo borrar de su memoria. Aquí está la historia completa de lo que realmente pasó cuando ese joven imprudente cometió el error más grande de su vida frente al hombre más peligroso de Colombia. Lo que estás por leer es el testimonio real de alguien que miró a la muerte a los ojos... y sobrevivió para contarlo.
El Momento en que Todo se Detuvo
Diego sintió la mano de Pablo Escobar sobre su hombro. Era una mano pesada, firme. El tipo de mano que decide destinos.
El perfume caro del patrón se mezclaba con el olor a cerveza que todavía goteaba de su camisa blanca. Diego podía escuchar su propia respiración. Acelerada. Desesperada.
Los tres guardaespaldas formaban un semicírculo a su alrededor. Uno de ellos tenía la mano dentro de la chaqueta. Diego sabía lo que eso significaba.
El bar seguía en silencio. Ni música. Ni conversaciones. Solo el zumbido de las luces de neón y el sonido de su corazón latiendo en sus oídos como un tambor de guerra.
—Tenés dos opciones —repitió Pablo, todavía con esa sonrisa que helaba la sangre.
Diego tragó saliva. Su boca estaba seca. Las palabras no salían.
—La primera opción es que mis muchachos te lleven afuera. Y ya sabés cómo termina eso.
Diego vio por el rabillo del ojo cómo uno de los guardaespaldas asentía levemente. Había escuchado las historias. Los cuerpos que aparecían en las afueras de Medellín. Las familias que nunca volvían a ver a sus hijos.
—La segunda opción... —Pablo se inclinó hacia adelante, tan cerca que Diego pudo ver las pequeñas gotas de cerveza todavía en su bigote— es que te sentés conmigo y me contés por qué un muchacho como vos, con toda la vida por delante, quiere morir tan joven.
Diego parpadeó. No esperaba eso.
—Don Pablo, yo... yo no sabía que era usted. Se lo juro por mi madre. Estaba borracho y...
—Sentate —ordenó Pablo, señalando una silla vacía frente a él.
Diego obedeció. Sus piernas temblaban tanto que casi se cae al sentarse.
La Conversación que Cambió Todo
Pablo sacó un pañuelo del bolsillo y terminó de limpiarse la cara. Luego llamó al mesero con un chasquido de dedos.
—Dos aguardientes. Dobles.
El mesero apareció en segundos, dejó las copas sobre la mesa y desapareció igual de rápido. Nadie en ese bar quería estar cerca de esa mesa.
Diego miró la copa frente a él. Sus manos temblaban.
—Tomá —dijo Pablo—. Te va a ayudar con los nervios.
Diego agarró la copa y se la tomó de un trago. El aguardiente le quemó la garganta, pero al menos le devolvió algo de sensación a su cuerpo entumecido por el miedo.
Pablo se tomó el suyo más despacio, sin dejar de observarlo.
—¿Cuántos años tenés?
—Veintidós, don Pablo.
—Veintidós años. —Pablo negó con la cabeza—. Yo a tu edad ya había matado a tres hombres. ¿Sabés por qué?
Diego no respondió. No sabía si era una pregunta real o retórica.
—Porque me faltaron al respeto. Porque pensaron que yo era un cualquiera. Un campesino que podían pisar. —Pablo se inclinó sobre la mesa—. Vos hoy me faltaste al respeto, muchacho.
—Don Pablo, yo...
—Dejame terminar. —La voz de Pablo se endureció—. Normalmente, un irrespeto así se paga con sangre. Hay una reputación que cuidar. Si dejo que un borracho me tire cerveza en la cabeza y no pasa nada, ¿qué va a pensar la gente? ¿Que Pablo Escobar se volvió suave?
Diego sintió que el aguardiente iba a subírsele. El sudor le corría por la espalda.
—Pero hay algo en vos que me recuerda a mí mismo cuando era joven. —Pablo se recostó en la silla—. Esa estupidez. Esa falta de miedo. O mejor dicho, ese exceso de juventud que te hace creer que sos inmortal.
Hubo un silencio largo. Diego no sabía si debía hablar o quedarse callado.
—¿Sabés qué te salva hoy? —preguntó Pablo.
Diego negó con la cabeza.
—Que me agarraste de buen humor. Acabo de cerrar un negocio muy bueno. Muy, muy bueno. Y cuando estoy de buen humor, puedo ser generoso.
Pablo hizo una seña a uno de sus hombres.
—Pero la generosidad siempre tiene un precio.