Mi esposo, Julián, me había llamado temprano desde el aeropuerto.
—Ya voy a abordar —me dijo con esa voz cansada que siempre usa cuando viaja—. Voy a estar muy ocupado, pero te marco en la noche.
—Cuídate —le respondí—. No trabajes tanto.
Lo de siempre.
La misma rutina de los últimos quince años.
Viajes.
Proyectos.
Reuniones que nunca terminaban.
Yo ya estaba acostumbrada a despedirme más por teléfono que en persona.
Nunca pensé que esa llamada sería distinta.
A media tarde recibí un mensaje de mi amiga Clara. Su hija me avisó que la habían internado de emergencia por una infección pulmonar. Nada grave, según los médicos, pero necesitaba quedarse en observación unos días.
Clara y yo somos amigas desde la preparatoria. De esas amistades que sobreviven matrimonios, mudanzas, hijos y crisis. No podía no ir.
Pasé a comprarle unas flores y me dirigí al hospital.
Un hospital privado, de esos que huelen demasiado a desinfectante y silencio.
El elevador tardó una eternidad.
Recuerdo perfectamente el sonido metálico de las puertas al abrirse, el pasillo largo, blanco, casi vacío. Caminé buscando el número de habitación que me habían dado.
Todo parecía normal.
Hasta que escuché una voz.
Una voz que conocía mejor que la mía.
Me detuve.

No porque quisiera escuchar.
Me detuve porque mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Era Julián.
Al principio pensé que estaba imaginando cosas.
“Claro que no es él”, me dije.
“Está en un avión.”
Pero la voz volvió a escucharse, más clara.
Estaba al otro lado de una puerta entreabierta, en una pequeña sala de espera para familiares.
No sé por qué me acerqué.
Tal vez porque cuando algo no tiene sentido, uno necesita comprobarlo con sus propios ojos.
O tal vez porque, en el fondo, ya sabía.