Mi mamá me abandonó con mi papá. 22 años después, apareció en nuestra puerta y me entregó un sobre.

Lo que más me sorprendió siempre fue que nunca decía una mala palabra sobre ella. Ni siquiera de pasada. Ni siquiera cuando estaba cansado, estresado o abrumado.

Cuando tenía siete años, le pregunté cómo era mi madre. No se puso incómodo ni intentó cambiar de tema. En cambio, sacó una foto pequeña y desgastada del cajón de la mesita de noche y me la entregó con cuidado.

"Es tu mamá, Dyl", dijo en voz baja. "Claro que deberías saber cómo es".

Un niño pensativo sentado en un sofá | Fuente: Midjourney

Tenía suaves ojos marrones y cabello castaño rojizo que le caía sobre los hombros. Parecía alguien de un anuncio de champú: hermosa, despreocupada e intacta por la vida.

"¿Por qué se fue?", pregunté.

Se sentó a mi lado y dejó escapar un suspiro silencioso.

"A veces la gente toma decisiones que no entendemos", dijo. "Eso no significa que sean malas personas. Solo significa que... no estaban preparados para lo que fuera que estuviera sucediendo en ese momento. ¿Lo entiendes?"

Recuerdo no saber qué decir. Así que asentí.

Una joven sonriente | Fuente: Midjourney
Una joven sonriente | Fuente: Midjourney

"¿La odias, papá?", pregunté.

"No", dijo, negando con la cabeza. "Simplemente te quiero más de lo que odio lo que ella hizo".

Esa frase nunca me abandonó. No la entendí del todo entonces, pero ahora sí. Es lo que lo mantuvo todo unido. Es lo que me enseñó que el amor no se trata de estar ahí cuando conviene, sino de elegir quedarse, incluso cuando es difícil.

¿Y mi papá? Se quedó.

Un hombre sentado en un sofá y sonriendo suavemente | Fuente: Midjourney