Alejandro alzó los ojos hacia ella.
—No voy a pedirte que me perdones hoy —dijo—. No tengo derecho. Pero déjame estar en tu vida. Déjame ganarme un lugar. No como antes, no con promesas vacías. Quiero demostrarlo con hechos.
Mariana sostuvo su mirada sin hablar.
—Mateo ya pregunta por su papá —dijo—. No quería que creciera odiándote. Nunca te hablé mal de él.
Esas palabras lo desarmaron por completo.
—Gracias —murmuró Alejandro—. Gracias por no destruir mi imagen delante de él, aunque yo haya destruido muchas cosas entre nosotros.
Mariana respiró hondo.
—No lo hice por ti. Lo hice por él.
Alejandro asintió.
—Lo sé.
Esa tarde no hablaron de volver. No hablaron de amor, ni de matrimonio, ni de segundas oportunidades. Simplemente caminaron por la plaza de Tlaquepaque con Mateo entre ellos, una manita en cada una, riéndose cada vez que sus pies se elevaban del suelo.