Una niña vendió su única bicicleta para comprar comida para su madre, pero cuando un jefe de la mafia descubrió quién había arruinado sus vidas, todo cambió.

“Pero Marcus nunca le pidió dinero prestado a nadie. Trabajó en tres empleos solo para evitar deudas.”

Rocco sintió que se le tensaba la mandíbula.

“Dime exactamente qué te dijeron. Cada palabra que recuerdes.”

“El alto tenía una cicatriz en la mejilla. Dijo que Marcus firmó unos papeles. Dijo que la deuda se transfirió a mí cuando murió. 15.000 dólares más intereses.”

Sarah se limpió la nariz con el dorso de la mano.

“Cuando dije que no tenía el dinero, empezaron a llevarse cosas. Dijeron que volverían cada semana hasta que pagara.”

“¿Te enseñaron algún documento?”

“Solo un papel con la firma de Marcus. Pero no parecía correcto. Su letra era diferente.”

Miró a Emma, ​​que se había sentado a su lado y le sostenía la mano.

“Se llevaron todo en dos viajes. Muebles, electrodomésticos… incluso los juguetes de Emma. Dijeron que si llamaba a la policía, volverían por algo de más valor.”

Rocco comprendió la amenaza de inmediato. En este mundo, cuando las cosas materiales escaseaban, la gente pagaba con sus cuerpos, su dignidad o sus hijos.

—El hombre de la cicatriz —dijo Rocco con calma—. ¿Te dio un nombre?

—Vincent —susurró Sarah—. Dijo que se llamaba Vincent.

A Rocco se le heló la sangre.

Vincent Caruso.

Uno de sus lugartenientes. Un hombre de confianza encargado de las cobranzas y la administración del territorio.

Emma volvió a hablar.

—Mamá… el hombre de la cicatriz también lastimó a la señora Patterson. Y a la familia con el bebé recién nacido. A veces los veo llorar.

Rocco miró a la niña con una nueva comprensión.

No se trataba de un incidente aislado.