Desde el interior de la casa, una voz débil respondió.
—Emma, cariño… ven aquí.
Y en ese instante, Rocco se dio cuenta de que lo que le habían hecho a esa familia no era solo un robo.
Era crueldad.
Y alguien estaba a punto de pagar por ello.
Rocco siguió a la niña por el pasillo, pasando por habitaciones que parecían haber sido saqueadas. En la cocina, las puertas de los armarios estaban abiertas, dejando ver solo polvo y excrementos de ratón. El refrigerador estaba desenchufado, con la puerta abierta con una cuchara de madera.
Encontraron a la madre de Emma tendida sobre un montón de mantas viejas en la esquina de lo que antes había sido la sala de estar.
Cuando levantó la vista...
Al ver a Rocco, el miedo se reflejó en su rostro.
—Por favor —susurró, esforzándose por incorporarse—. Por favor, no nos haga daño. No nos queda nada que llevarnos.
Rocco se arrodilló lentamente, manteniendo las manos a la vista.
—Señora, no estoy aquí para hacerle daño. Su hija me contó lo sucedido. Necesito saber quién hizo esto.
La mujer miró alternativamente a Rocco y a Emma; la confusión reemplazó al miedo.
—Usted es… el jefe, ¿no? El jefe para el que trabajan.
—Algunas personas dicen trabajar para mí —dijo Rocco con cuidado—. Pero lo que les sucedió no fue autorizado. No fue un asunto de negocios. Fue crueldad.
La mujer —Sarah— rompió a llorar. Lágrimas silenciosas, producto del agotamiento más que del alivio.
—Dijeron que le debía dinero a su organización —dijo—. Mi esposo les pidió un préstamo antes de morir.
Negó con la cabeza.