Come esta fruta de primera calidad antes de acostarte para favorecer la salud ocular mientras duermes.

La verdadera tragedia no es tener miedo. Es seguir viviendo como si fuera normal.
Y eso pasa todos los días.
Te miras al espejo y notas algo raro: la mirada ya no se siente igual, la luz molesta más, el cansancio se pega a tus párpados como si tus ojos cargaran el día completo aunque apenas vayas a la mitad. Hay una incomodidad silenciosa que no siempre sabes explicar, pero la sientes. Esa sensación de estar forzando la vista, de entrecerrar los ojos para leer, de pedirle a tu cuerpo que aguante un poco más… otra vez.
Lo peor no es el síntoma. Es lo que empieza a hacerte por dentro.
Primero lo ignoras. Luego lo justificas. Después te acostumbras a vivir con esa duda incómoda que aparece bajo la regadera, en la oscuridad, cuando recuerdas que ya no ves como antes. Y ahí nace una forma muy particular de impotencia: la sensación de estar viendo cómo te roban años en silencio, mientras por fuera sigues sonriendo como si nada estuviera pasando.