También existía una dimensión social. Algunos niños intercambiaban canicas, otros conservaban sus favoritas y muchos recordaban perfectamente aquella que habían ganado en una partida importante.
Hoy, una pequeña canica encontrada en un cajón puede despertar recuerdos de compañeros, lugares y tardes que parecían interminables.
La rayuela: saltos, equilibrio y diversión
Dibujar una rayuela en el suelo era suficiente para iniciar otra aventura.
Con una tiza o una piedra, los niños trazaban las casillas y establecían el recorrido. Después lanzaban una pequeña piedra o un objeto similar y avanzaban saltando, procurando no pisar las líneas ni perder el equilibrio.
La sencillez era parte de su encanto. No se necesitaban equipos especiales y podían participar varias personas por turnos.
La rayuela también ponía a prueba la coordinación, la concentración y el equilibrio. Cada error significaba ceder el turno, mientras que completar el recorrido generaba una pequeña sensación de triunfo.