“El padre casó a su hija, que era ciega desde nacimiento, con un mendigo — y lo que ocurrió después sorprendió a mucha gente.” Zainab nunca había visto el mundo, pero podía sentir su crueldad con cada respiración que tomaba.

La historia de la “Niña Ciega y el Mendigo” se convirtió en leyenda en el pueblo, aunque el final cambió con el tiempo. La gente notó que la pequeña cabaña a la orilla del río se había transformado. Ahora era una casa de piedra, rodeada de un jardín tan fragante que se podía recorrer solo con el olfato.

Se dieron cuenta de que el “mendigo” era en realidad un sanador cuyas manos podían calmar la fiebre mejor que cualquier cirujano caro de la ciudad. Y notaron que la mujer ciega caminaba con una gracia que la hacía parecer que veía cosas que otros no veían.

Una tarde de otoño, un carruaje se detuvo ante la casa de piedra. Malik, envejecido y marchito por su propia amargura, se apeó. Su fortuna había cambiado; sus otras hijas se habían casado con hombres que lo desangraron, y su patrimonio estaba en trámite sucesorio. Había venido a buscar aquello que había desechado, con la esperanza de encontrar un lugar donde reposar la cabeza.

Encontró a Zainab sentada en el jardín, tejiendo una cesta con naturalidad.

—Zainab —graznó, usando su nombre por primera vez.