Lo que has escrito suena como el inicio de una historia muy intensa. Continúo el relato manteniendo el suspenso:
—
Pasaron las semanas… y luego los meses.
Cada día sin Daniel era más pesado que el anterior. La casa se sentía vacía, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento en que cerró la puerta aquella mañana.
Al principio, yo salía todos los días a buscarlo. Pegaba carteles, preguntaba en estaciones de autobuses, hablaba con desconocidos. Pero poco a poco, la esperanza empezó a desgastarse… aunque nunca desapareció del todo.
Hasta ese día.
Lo vi por casualidad, en una esquina concurrida de la ciudad. Un hombre sin hogar, con la mirada perdida… pero lo que me dejó sin aliento fue su chaqueta.
Era inconfundible.
Azul oscuro, con una pequeña rotura en la manga izquierda. Yo misma la había cosido meses antes. Era la chaqueta favorita de Daniel.
Sentí que el corazón se me detenía.
Sin pensarlo, empecé a seguir al hombre. Caminaba despacio, arrastrando los pies, como si cargara con el peso del mundo. Mantenía cierta distancia, con miedo de perderlo… o de enfrentar lo que pudiera descubrir.
Después de varias calles, entró en un callejón estrecho.
Respiré hondo… y lo seguí.
—Perdone… —dije, con la voz temblorosa—. ¿Dónde consiguió esa chaqueta?
El hombre se giró lentamente. Sus ojos estaban cansados, pero no eran hostiles. Miró la chaqueta, luego a mí.