Hubo un tiempo —no hace mucho— en que la obesidad generalizada era poco común. Si miras álbumes familiares, fotos escolares o instantáneas de la playa de la década de 1970, notarás que la mayoría de la gente parecía más activa y con mejor equilibrio físico.
Esto no se debía a que siguieran dietas especiales ni a que tuvieran un autocontrol extraordinario. La verdadera diferencia radicaba en cómo transcurría la vida diaria. El entorno mismo fomentaba el movimiento, los hábitos alimenticios regulares y el equilibrio natural.
1. El movimiento estaba integrado en la vida diaria
En la década de 1970, muchos hogares tenían solo un coche, o ninguno. Ir a la escuela, al trabajo, a las tiendas o a casa de un amigo generalmente significaba caminar.
La gente no caminaba para hacer ejercicio; caminaba porque tenía que hacerlo.
Un día típico implicaba ir de casa al autobús, del autobús al trabajo, del trabajo a las tiendas y de vuelta a casa, a menudo recorriendo muchos kilómetros sin siquiera pensarlo.
Los niños iban caminando a la escuela, jugaban al aire libre, corrían a los parques y volvían a casa a pie. El movimiento era constante y natural.