Todo el pueblo quedó atónito cuando un hombre de setenta años regresó a casa en su vieja motocicleta con una mujer cuarenta años menor que él, y con toda tranquilidad la presentó como su esposa.
Pero tan solo unos días después, sucedió algo que volvió a sorprender a todos.
Esa tarde, el familiar traqueteo de una vieja motocicleta resonó por el camino polvoriento, un sonido que nadie había oído en años. La gente se asomó por las puertas de sus casas, alguien se detuvo junto al pozo, e incluso Baba Nina dejó su cubo: reconoció aquel motor al instante.
Era Stepan.
Ya tenía setenta años. Desde que su esposa falleció, se había aislado de todos: apenas hablaba, vestía la misma chaqueta desgastada y descuidaba incluso las reparaciones más sencillas. Su techo goteaba cada primavera, la cerca estaba torcida y la maleza había invadido su jardín.
Pero lo que realmente asombró al pueblo no fue que volviera a montar en moto.
Era la mujer sentada detrás de él.
Parecía tener unos treinta años, vestida con un vestido azul estampado de margaritas, y se aferraba a él como si fuera lo más natural del mundo. La moto avanzaba lentamente, a veces obligándolos a empujarla con los pies como si el motor estuviera cansado de funcionar.
Para cuando se detuvieron frente a la casa de Stepan, los vecinos ya se estaban reuniendo a lo largo de las vallas.
—Ay, Dios mío… ha perdido la cabeza —susurró Baba Nina.
—¿Es esa su nieta? —se preguntó en voz alta el abuelo Kolya.
Pero Stepan ignoró los murmullos. Se quitó el casco, ayudó a la mujer a bajar y simplemente dijo:
— Ella es Lena. Mi esposa.
Por un instante, toda la calle quedó en silencio; incluso las gallinas parecieron dejar de cacarear. Entonces comenzaron los susurros.
Algunos rieron. Otros negaron con la cabeza. Unos pocos declararon abiertamente que el anciano se había vuelto loco tras perder a su primera esposa.
“¡Ella es cuarenta años menor que él!”
"Seguro que le interesa su dinero."