Tres años después de nuestro divorcio, mi exesposa me llamó con un “regalo

Mariana se sentó cerca, observando.

—Te ves diferente —dijo él.

—Me siento diferente —respondió—. Antes creía que trabajar hasta tarde era señal de madurez. Ahora entiendo que la madurez es llegar a casa a tiempo.

Mariana no dijo nada, pero una leve sonrisa apareció en sus labios.

Pasaron los meses.

Alejandro nunca presionó. No hizo llamados para que regresara, no habló de matrimonio, ni intentó atajos con palabras bonitas. Simplemente estuvo presente.

Cuando Mateo tuvo fiebre en la madrugada, Alejandro hizo el viaje desde el centro de Guadalajara hasta Zapopan en menos de veinte minutos. Entró por la puerta despeinado, con la camisa medio abotonada y el rostro tenso por la preocupación.

—¿Dónde está mi hijo?

Mariana, agotada y con lágrimas en los ojos, apenas podía articular palabra. Alejandro tomó al niño en brazos, lo llevó de urgencia al hospital y no se separó de él en ningún momento.