—Gracias por hoy —dijo ella.
—Gracias a ti por permitirme estar aquí.
Un largo silencio se instaló entre ellos.
Entonces Mariana habló:
—Alejandro… ya no soy la misma mujer que firmó los papeles del divorcio hace cuatro años.
Él asintió.
—Lo sé.
—Aprendí a vivir sin ti.
—También lo sé.
—Y si alguna vez vuelves a mi vida, no será porque te necesite.
Alejandro la miró con los ojos llenos de sinceridad.
—No quiero que me necesites, Mariana. Quiero que me elijas. Y si no lo haces, seguiré siendo el padre de Mateo.
Ella desvió la mirada, conmovida en silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, Mariana ya no veía al hombre que la había dejado llorando en una mesa de abogados. Frente a ella estaba alguien que había aprendido lo que significaba fracasar, cargar con el arrepentimiento y amar sin poner condiciones.
Unas semanas después, aceptó pasar una tarde con él.