«Ya está», susurró con frialdad. «Puedes llamar a la policía esta noche. Mi tonta hermana jamás sospechará nada y estaremos a salvo».
Terminó la llamada, salió del apartamento en silencio y cerró la puerta tras de sí.
Bajo la manta, Valeria sintió que la sangre se le helaba.
Su propia tía —la mujer que siempre le había caído bien— acababa de esconder algo en el abrigo de su madre para enviarla a prisión.
Durante dos días, las noticias habían estado informando sobre un robo espectacular en la joyería El Resplandor, ubicada en el mismo centro comercial donde trabajaba Carmen. Habían robado millones de dólares en diamantes, y la policía buscaba desesperadamente a los culpables.
Valeria miró el reloj.
1:15 p. m.
Si la policía llegaba esa noche y encontraba lo que Leticia había escondido… su madre sería la culpable.
El miedo la hacía temblar bajo la manta. Pero cuando miró el abrigo colgado en la pared, algo más fuerte surgió en su interior: una ira feroz y protectora.
No iba a permitir que eso sucediera.